Tras segar la vida de aquel lobo anciano, parte de tristeza inundó mi rostro, había matado a un animal muy noble.
Creo que no se merecía morir, es posible que nunca haya echo daño a nadie... pensé.
Me levante, limpie y guardé los kunais que había empleado, pero no podía irme así, cogí el cadáver del lobo y lo cargué sobre mis hombros, unos minutos después llegué a la salida de la cueva, la luz de la tarde me cegó, caminé unos pasos más hasta llegar a un árbol cercano, dejé al lobo en el suelo y excavé un pequeño agujero donde consecutivamente enterré su cuerpo.
Coloqué una piedra sobre la tumba para marcarla y me quedé contemplándola durante unos minutos.
Es hora de volver a casa...